Dos mujeres dadas por desaparecidas en Extremadura fueron asesinadas por sus vecinos. Una tercera, Rosalía Cáceres, lleva seis años en paradero desconocido. Dicen los investigadores que se perdió en el campo; su familia está convencida que alguien intervino en su desaparición.

(BILBAO). Hay días en los que de repente todo cambia. Una llamada y entras en un true crime, sin haber encendido la tele, ni dado al play en el podcast y con la tablet sin cargar. Un regreso que no llega y la vida salta por los aires. Una ausencia de noticias que se convierte en angustia sempiterna.

Concentración en Bohonal de Ibor para que el caso de Rosalía Cáceres no quede en el olvido. / Foto: M.A.F.

Hace unas semanas, dos hermanos que vivían juntos en Hornachos (Badajoz) fueron detenidos y encarcelados después de que aparecieran enterrados en su casa los restos de Francisca Cadenas, su vecina de toda la vida que llevaba nueve años desaparecida. El 9 de mayo de 2017, por la noche, salió a acompañar a la niña que cuidaba hasta el coche donde la esperaban sus padres y nunca regresó a casa. Un “ahora vuelvo” que ha tenido a su familia en stand by durante nueve años. Había pocas opciones, un puñado de casas y de vecinos. Tras años de un extraño misterio, la entrada de UCO ha resuelto el caso: los restos de Francisca han aparecido donde sus hijos sospechaban. En casa de los vecinos. Porque, sí, normalmente los asesinos de mujeres (y sus agresores en general) son gente cercana: maridos, exparejas, colegas o el vecino.

Un vecino también fue el asesino de Manuela Chavero, otra pacense desaparecida durante cuatro años hasta que la UCO asumió el caso y encontró al agresor. Manuela estaba en casa, de la que salió de noche dejando la puerta abierta, su móvil y la documentación, la tele encendida; toda su vida allí dentro. La sentencia decretó asesinato y agresión sexual. Pero durante el tiempo de la desaparición muchas veces se la cuestionó a ella: que si su ropa, que si sus amistades, que si… La víctima en el punto de mira.

Francisca Cadenas y Manuela Chavero, dadas por desaparecidas durante años, fueron asesinadas por sus vecinos. Aunque, en algún momento, se las cuestionó a ellas.

El 25 de mayo de 2020, en plena pandemia, con los límites autonómicos cerrados, Rosalía Cáceres salió a dar un paseo en su pueblo, Bohonal de Ibor (Cáceres). No ha regresado. Después de innumerables de batidas, con muchos medios y centenares de personas participando, no se ha encontrado nada: ni su botella de agua, ni su sombrero, ni su bolsa, ni el móvil. Lo que en un principio se pensó que podría ser un accidente (una caída) o un achaque de salud (un infarto, un mareo, o algo por el estilo) hace tiempo que ha sido desechado por su familia y por el pueblo. Pero el equipo de investigación sigue con esa teoría: está en el campo. Sí, es cierto que Rosa, como todo el mundo la conoce, tenía 74 años en el momento de su desaparición, pero estaba completamente en forma y con plenas facultades; y después de muchos pateos por la zona en la que se perdió la pista, es más que obvio que en el campo no está.

La familia reclama la entrada de la UCO. Un giro en la investigación, que se revisen cuestiones que creen se quedaron en el aire. Un repaso a todas las declaraciones tomadas. ¿Y si ha sido un vecino? La familia y el pueblo tienen el convencimiento de que a Rosa alguien le ha hecho algo. Como lo sabían las familias de Manuela Chavero y de Francisca Cadenas. Como lo sabe la familia de Rosalía Cáceres.

Dice Silvana Turner, integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense, que nada ni nadie desaparece, que es un eufemismo “para ocultar la intencionalidad de un hecho de violencia”.

Los true crime están de moda. Podcast, documentales, series suman miles de espectadores, de espectadoras: aunque estas narrativas hablen sobre todo de asesinatos de mujeres, son las mujeres las mayores seguidoras. Ya lo contaba Berta Comas Casas en un reportaje de Pikara Magazine, germen del libro True crime. Una mirada al dolor de las demás, (Lengua de Trapo, 2026). “Los feminicidios están en el centro del true crime”, insiste Comas.

Ante la ausencia de noticias, ante la nada más absoluta, ante el silencio más doloroso, un crimen parece un alivio. Así lo manifestaron los hijos de Francisca Cadenas al conocerse la resolución del caso. Saber qué pasó ayuda a vivir un duelo que no es tal con las personas desaparecidas. A veces vivir en un true crime es una buena noticia. ¡Qué ironía más terrible!

Pero un true crime bien relatado, que cuente la vida de las víctimas sin revictimizarlas, que no caiga en lo que Sayak Valencia llama “necroscopía” (algo así como violencia sanguinaria que narcotiza y se queda en el proceso no el porqué del asesinato en sí), que denuncie la violencia y el sesgo de las investigaciones, que muchas veces son patriarcales y que en el caso de Rosalía Cáceres todo apunta a que también es edadista. Un true crime que ayude a una familia rota y a un pueblo desorientado. A veces la certeza de la violencia sana la duda de la ausencia.

[Lee aquí el artículo original, publicado en Pikara Magazine]