Tanta tecnología nos ha silenciado. Sobrevivimos en una época paradójica: nunca antes habíamos estado tan conectadas y, al mismo tiempo, tan ausentes.

(BILBAO). No sé en qué momento dejamos de hacernos la pregunta. Supongo que fue poco a poco, como se abandonan las cosas importantes, en un sin darnos cuenta, primero con el argumento de las prisas, tal vez con la excusa del exceso de trabajo, luego por costumbre repetida y al final por una especie de pudor extraño difícil de explicar. Para qué molestar a estas alturas.

¿Cómo estás?

Veinte desilusiones y una soledad después, ya no recuerdas la última vez que alguien te miró a los ojos y quiso saber de ti. Pero saber de ti de verdad, no como fórmula de cortesía con respuesta anticipada, a modo examen tipo test: “Ahí vamos”, “tirando”, “no me puedo quejar”. Respuestas prefabricadas que no comprometen, que no abren grietas. Preferimos la versión abreviada de la vida.

¿Cómo estás?

Unas veces por exceso de confianza, otras por defecto, hace tiempo que perdimos aquella pregunta. En el mejor de los casos, la delegamos en profesionales, cuando no en gurús más o menos charlatanes, en libros de autoayuda y frases de postal, en la IA. El mundo gira con sus urgencias habituales, y apenas hay espacio para esa pregunta calada.

¿Cómo estás?

Hoy tanta tecnología nos ha silenciado. Sobrevivimos en una época paradójica: nunca antes habíamos estado tan conectadas y, al mismo tiempo, tan ausentes. Las redes sociales perfeccionan el arte de la interacción sin sustancia, salvo para escupirnos odio. Sociedad de soledades que se encuentran y desencuentran sin reconocerse. Un mundo organizado para las relaciones sin piel. Sabemos lo que hacen demasiadas personas a nuestro alrededor, da igual si ese derredor es físico o digital, pero desconocemos y evitamos conocer lo más básico de la humanidad. Excavadas por dentro, tampoco nosotras nos permitimos proyectar la menor de las debilidades: “Ahí vamos”, “tirando”, “no me puedo quejar”.

¿Cómo estás?

La pregunta es tan sencilla que parece insignificante. Un pellizco en medio del seísmo de calamidades que azotan el mundo. Dos palabras, mero trámite lingüístico flanqueado por signos de interrogación, que formuladas con empatía desvelan una profundidad cada vez más tiesa, más extraña, casi íntima, siempre incómoda. Las eras históricas se definen por lo que decidimos preguntarnos y por lo que decidimos ignorar.

¿Cómo estás?

A veces alguien pregunta. Y entonces se abre ese territorio incierto donde la alegría y las risas conviven con las desilusiones, la tristeza, el cansancio, las dudas, los miedos, tantos miedos. Son interrogaciones que cambian el ritmo y desafían las lógicas. Pongamos una gran vuelta por etapas como escenario, tal vez porque mucho de eso tiene la vida. Y entonces ese ataque solitario en mitad de un llano, llanura tamaño siesta, cuando nadie se lo espera, un centenar de kilómetros por delante sin nada que ganar y con todo que perder. Y no te hace falta entender de ciclismo porque en el fondo sabes que esto no va de victorias ni derrotas, sino de escapar del sistema, de rescatarnos de lo meramente funcional, de lo eficiente y productivo, de lo que no molesta demasiado. Y también tú te has subido a esa bici, soñando con que lo consigues, que el pelotón nunca te alcanza. Aunque en realidad da igual si llegas o no llegas, porque lo verdaderamente transformador es la rebelión cotidiana y la complicidad del aliento colectivo.

¿Cómo estás?

La etapa deja de ser otra etapa de transición. El día no se pega al día anterior ni al día siguiente. La gente no es gente repetida en la oficina, otra oficina más, de otro día más, de otra etapa más, en otra vida más. Pero estamos desentrenadas para sostener ese tipo de preguntas y surge la incomodidad. Bajas la cadencia tras cada pedalada. Nos cuesta responder con honestidad y nos cuesta escuchar por miedo a avergonzarnos de nosotras mismas.

¿Cómo estás?

Dos palabras rompen el protocolo. Una pregunta simple sostiene la vida en estos tiempos del fin del mundo. La vida abierta. La vida de aquí y de ahora. La vida ciega. Viva la revolución, la de las cosas pequeñas escritas en minúscula. Desaprender hasta preguntarnos. Poco importarán entonces las faltas de ortografía. Cógeme de la mano y, como cantan los Sanguijuelas, cántame también tus penas, aunque sea por si acaso. ¿Cómo estás?

 

[Lee aquí artículo completo, publicado en Pikara Magazine]